Juan José Araya | Sistemas Ambientales II

“… Y esa desgracia que amenaza a la ciudad es por culpa tuya. Nuestros altares y nuestros hogares sagrados están todos repletos con los pedazos que las aves de presa y los perros han arrancado al cadáver del desgraciado hijo de Edipo. Por eso los dioses no acogen ya las preces de nuestros sacrificios…”

Sófocles, 441 A.C.

En Antígona, obra de Sófocles, éstas fueron las palabras mencionadas por Tiresias al rey de Tebas, Creonte, quien condenó a Polinice con la prohibición de su entierro, dejando su cuerpo sin sepultura. Producto de esto el cuerpo causó un desequilibrio en el ecosistema que contaminó a las aves y perros, y a su vez éstas a los ciudadanos, quienes comenzaron a perecer, sin embargo, el rey obstinado y cegado por su orgullo, ignoró a su pueblo y consejeros para mantener su palabra firme dejando a Tebas y su entorno a la merced de la desgracia.

Sófocles escribió esta obra hace aproximadamente 2500 años atrás, en aquel entonces la población mundial sería de aproximadamente 100 mil millones1, hoy en el presente la cifra aumenta a 7604 mil millones2, lo que ha significado un evidente crecimiento urbano y de la población, adelantos en la producción, aumento de consumo, cambio de hábitos, degradación del medio ambiente, pareciera que todo ha ido cambiando producto de la complejización de las actividades humanas, época tras época la cultura muta según corresponda, no obstante actitudes como la Creonte persisten en quienes orbitan las altas cunas, legislando en favor de los intereses egoístas que en nada incumben el bienestar de la ciudadanía.

Si bien la concientización sobre el panorama mundial respecto al medio ambiente mejora con el tiempo, las ejecuciones políticas son aún insuficientes para detener el fenómeno de la degradación del entorno, incluso aclamados países por sus implementaciones en pro de gestiones verdes lograr burlar la legalidad y envían sus residuos a países más empobrecidos desde donde paradójicamente también extraen y explotan sus recursos. La brecha producto de la industrialización ha causado un paradigma binario en donde están los que ven el fin de la vida útil y por el otro lado quienes encuentran una oportunidad para extenderla. Estos últimos poseen una mirada que no permite desperdiciar pues predomina la escasez, no obstante, no es necesario estar en aquella posición como para comprender que con esfuerzo es posible encontrar un segundo uso a materiales y productos para reducir la cantidad de residuos que resultan del estilo de vida contemporáneo.

El crecimiento descontrolado de la tasa de natalidad ha traído consigo graves consecuencias y oscila amenazante sobre la capacidad de carga de nuestro sistema; el planeta Tierra. Las ciudades están cada vez mas atestadas de gente habitando hacia arriba y hacia la periferia, el transporte intenta trazar un plan eficiente, pero cae en una odisea; una marejada de vehículos consumiendo combustibles y emanando gases, transportando a los habitantes, a sus alimentos y productos, sobrecargando de energía al sistema con cada actividad. La Salud no es un tema aparte, condiciones de habitabilidad higiénicas son imperantes para la fructificación de un país, mas nos encontramos hoy ante una pandemia que ha sobrepasado las capacidades de los gobiernos. Quizás Emma Goldman estaba en lo correcto sobre el control de la natalidad3, pero no es la única razón por la cual el tema que nos aqueja se haya salido tanto de control.

El Fordismo significó un paso gigante en la industrialización, la cadena de producción parecía demostrar resultados significantes para el avance de la tecnología, pero no fue suficiente para competir contra la productividad con un enfoque de crecimiento infinito más allá de las necesidades. Esta práctica tiene su piedra angular con la obsolescencia programada, que comenzó con la bombilla eléctrica y hasta hoy ha sido la causante de un consumo excesivo por productos cuya vida útil está determinada para que en un corto periodo pierda su funcionalidad obligando al usuario a adquirir uno nuevo. Pero ¿Qué pasa con algo que ya no sirve? En la mayoría de los casos terminan en depósitos de basura que no pueden almacenar cada objeto que necesita ser renovado, esto genera un profundo daño al entorno y la vida en él, desde pilas y baterías secretando ácidos corrosivos hasta materiales que no desaparecen sino hasta que sucedan un par de generaciones desde que una persona lo consideró desecho.

“La emancipación de la industria no supuso tampoco la emancipación del hombre frente al trabajo, como habría reivindicado el pensamiento utópico del siglo XIX, sino que, al contrario, lo sometió a jornadas constituidas por largos turnos de actividad mecánica, en las cuales se repetía el mismo gesto hora tras hora, siguiendo un alienante ritmo en cadena que deshumanizaba al individuo y lo reducía a un mero engranaje de una máquina bien rodada, como la prefiguraban las peores pesadillas kafkianas.” (Virginie, M. 2011)4. Esta nueva manera de vivir agotando los recursos ha gestionado un sistema de producción y consumo que fomenta la falta de responsabilidad individual; se desconocen los procesos que siguen nuestros desechos y en la semántica el concepto de “recurso” pasó a ser sinónimo de agotamiento, escasez y uso restringido.  Como si fuera poco, se puede también mencionar como el lobby ejerce presión sobre organismos políticos para legislar en su favor sin considerar las consecuencias del impacto que provocan al medio ambiente. Incluso han sido capaces de tomar la ecología como bandera de lucha para sus estrategias de marketing con la intención de invisibilizar sus atroces actos que terminan en la degradación de la misma naturaleza que dicen defender, ya que una disminución en el consumo significaría un mal funcionamiento para una economía de crecimiento infinito.

La perspectiva no pareciera ser muy optimista ni entregar resultados esperanzadores, sin embargo, desde diferentes lugares del mundo, principalmente Europa, han comenzado a implementarse políticas que realmente mitigan el impacto con una mentalidad mas acondicionada a la realidad y que demuestra señales positivas, esto mediante el aumento de impuestos a los procesos más dañinos al medio ambiente como los basurales, y también establecen estándares con los límites de volumen de desechos producidos.

David Ricardo en el siglo XIX menciona que, junto con el aumento de la producción, la polarización y consecuente concentración de riquezas sería inevitable y con el tiempo la brecha se prolongaría5. El pronóstico es acertado hoy y se adhieren los hechos que mayor riqueza significa mayor cantidad de residuos y que mayor población significa mayor cantidad de residuos6. La distribución de riquezas es tan evidente que nace un paradigma en el que una persona ve un objeto como inútil o desechable mientras otra lo ve como una oportunidad de reutilizar. De esta manera en los países menos industrializados tienden a aprovechar toda la vida útil de los materiales y a extenderla mediante reparaciones como en el caso de los artefactos electrónicos, o bien forman aparatos predeterminados a partir de piezas desechadas por los países de mayor capital, así se instaura un hábito de reparar electrodomésticos para prolongar su uso o para hacer dinero restaurando equipos.

Es en este punto donde se puede detener la vorágine a raíz de la cultura del consumo, el individuo se convierte en el actor del cambio y sus actividades son determinantes para que proliferen y se propague el hábito, a pesar de que suene utópico es la opción más eficaz para fundar nuevos cimientos. El consumidor puede presionar a la industria, la economía y a la política para influenciar cambios y disminuir la huella ecológica. Para esto se hace necesario difundir y dar conocer la información, generar oportunidades e instancias que remesan la consciencia del consumidor.Para comenzar es tan simple como detenerse un instante y observar que estamos en medio de una producción excesiva de residuos, sin manejo para su separación siquiera, el impacto es devastador y urge una visión holística donde organismo y entorno sean una unidad estructural. Luego tenemos el abuso de utilización de envases y generación de desechos cotidianos, que solo requiere tomar consciencia y optar por productos de envases reutilizables o que sean fácilmente reciclables. Reutilizar, reducir y reciclar son conocidos como las 3 R7 que ayudan a mitigar los efectos nocivos de la potencial catástrofe.  Es muy importante considerarlas para reorientar las costumbres y comportamientos al momento de consumir y desechar, así el vaciar envases reciclables y disminuir su volumen mediante compactación pasaran a ser un hábito que mejoraría el bienestar del medio ambiente, además traería consigo una provechosa disminución en los kilómetros de distancia para el transporte de productos y residuos.

Es decisivo reducir el consumo de materiales cuya vida útil sea corta, poco reutilizable y/o signifique un alto coste energético para su proceso de reciclado, para así pensar de una manera diferente y comprenda lo beneficioso que puede resultar. Hay que constatar, para evitar confusiones, que dentro de las 3 R el reciclaje es el que derrocha mas recursos, es costoso y contamina demasiado, irónicamente. Reutilizar y reducir afloran como las soluciones más eficaces y por ende practicarlas resulta fundamental en el individuo.

Reducir en el hogar es un buen inicio, los desechos orgánicos pueden ser utilizados para realizar compost e incluso renovar suelos con su producto, puesto que disminuye la basura doméstica entre un 40 y un 50%, y el hecho de que 100 kg de residuos orgánicos pueden producir 30 kg de abono8, de esta manera su diferenciación es imprescindible. El hogar también es fértil para la reutilización por su ventaja de aminorar la fabricación de productos nuevos y despertar una capacidad creativa, una actitud que permite acercarse a los materiales y descubrir sus cualidades.

La acción como individuos y de manera colectiva pudiese parecer muy utópica, sin embargo es una herramienta muy útil y por mas devastadora que la vorágine pueda parecer disminuirla es un aporte significativo, debemos tener consciencia como consumidores de productos y materiales, cuestionar nuestro paradigma obsesionado con el crecimiento económico ilimitado, conocer los procesos que siguen nuestros desechos y cuestionar el campo semántico desde la afirmación que el lenguaje crea realidades, puesto la naturaleza no sabe de desperdicios.

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